La mañana del 11 de septiembre de 2001, en la ciudad de Nueva York, era una típica mañana de fin de verano e inicio de otoño, con un cielo azulado y totalmente despejado, donde la ciudad se preparaba para elecciones locales de alcalde y concejales. El sistema de aviación civil estaba en medio de una mañana ocupada común, ayudada por el buen clima del día, cuando un controlador de tránsito aéreo del centro de Boston escuchó algo extraño en la frecuencia.
Se trataba del vuelo American Airlines 11, que había despegado del aeropuerto internacional de Logan en Boston con destino al de Los Ángeles. Mientras el Boeing 767 se encontraba sobrevolando la zona de Rome, estado de Nueva York, el controlador notó que la aeronave ya no transmitía el código transponder asignado, y cuando el controlador les preguntaba sobre el código, la aeronave no respondía.
Los códigos transponder están conformados por cuatro dígitos numéricos asignados a aeronaves en la zona de radar, para identificarles mejor en las pantallas de radar primario/secundario que utilizan los sistemas de aviación civil. Además del código numérico, el sistema provee información como altura y velocidad, lo que ayuda al controlador y a otras aeronaves a identificar la posición en tres dimensiones, y así mejorar la separación con los demás.
Luego de llamar a la aeronave varias veces por la frecuencia y no obtener respuesta, el controlador comenzó a llamar a otras aeronaves en la zona y preguntarles si tenían contacto visual con el American 11, pero ninguna lograba verlo. Y luego sucedió lo inexplicable: se escuchó claramente en la frecuencia cuando alguien con acento extranjero dijo: “Nadie se mueva, tenemos una bomba a bordo, vamos a regresar al aeropuerto”. Uno de los terroristas que había secuestrado la aeronave y tomado control de la cabina habría presionado el botón equivocado para hacer un anuncio a los pasajeros, y en su lugar lo había hecho en la frecuencia de control de tránsito aéreo.
Lo que siguió fue una cadena de eventos catastróficos que aún nos persiguen al día de hoy: la aeronave giró hacía el sur, siguiendo el río Hudson desde el norte del estado de Nueva York, hasta Manhattan, y terminó estrellándose contra una de las torres gemelas poco antes de las 9:00am. Y con ello, impactando a todo el mundo y cambiando la realidad de la geopolítica global.
Cambios en la aviación universal
Los atentados del 11 de septiembre son considerados como el evento de mayor impacto en la seguridad aérea global en la historia de la aviación. Aunque en los años 70 y 80 se vivieron muchos secuestros de aeronaves civiles, en ninguno de esos casos se utilizó la aeronave en sí como un proyectil de guerra para destruir edificaciones. Hasta ese día la recomendación a las tripulaciones en caso de secuestro era hacer todo lo que dijeran los secuestradores para evitar que alguien saliera herido, pero todo eso cambió esa fatídica mañana.
Hoy en día, la misión primordial de los pilotos en la cabina es salvaguardar el acceso a esta. Algo tan sencillo como salir al baño es, hoy en día, todo un proceso de coordinación con los tripulantes de cabina, para sellar el pasillo con el carrito de servicio y evitar que alguien intente entrar. Grandes sindicatos de pilotos, como ALPA en los Estados Unidos, han montado campañas mediáticas para empujar a que se instalen puertas secundarias en los pasillos de los aviones para permitir que los pilotos salgan de la cabina de mando al baño, sin tener que utilizar maniobras de protección rebuscadas.
De igual manera, las emergencias médicas a bordo han tomado una connotación diferente, siendo ahora vistas como posibles maniobras teatrales de grupos terroristas, con miras a que se abra la cabina de mando y con ello intentar tomar control de esta. Los tripulantes de cabina hoy en día son entrenados en defensa personal y en uso de herramientas para inmovilizar pasajeros, y el más mínimo altercado en la cabina de pasajeros es visto como una amenaza mayor.
Al igual que el mundo, la aviación cambió ese día, y muchos dicen que perdió su inocencia; los tripulantes de cabina pasaron de tener guantes blancos a tener esposas para inmovilizar pasajeros. Los pilotos pasaron de permitir pasajeros en la cabina de mando a evitar a toda costa que alguien no autorizado logre entrar durante la operación de la aeronave. Como capitán de aerolíneas, este pasado 11 de septiembre reflexionamos no solo en recordación de las víctimas, sino también en lo que nuestra industria perdió aquella fatídica mañana: la inocencia de ver a todos los pasajeros que llevamos a bordo como clientes, y pasar a verlos como amenazas.


